Full text: Diego Carro, Venancio: Derechos y deberes del hombre

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sarse el soldado que ha hecho un juramento. El más firme y per- 
manente de todos los juramentos es el Deber natural. :No es el 
Hombre, todo Hombre, un miembro natural de la comunidad po¬ 
litica? Fundado en esta realidad evidente, creemos que sobre todo 
ciudadano pesa el Deber natural de prestar a la Nación los servi¬ 
cios necesarios para su existencia y desenvolvimiento orgánicos, so 
bre todo cuando se trata de servicios vitales e imprescindibles, comc 
estä obligado a colaborar con los poderes publicos para el triunfo 
de la justicia y de la paz. El que estos Deberes naturales se di¬ 
luyan en la práctica y en la realidad de la vida, al traducirlos en 
leyes positivas, no aminora la gravedad de ciertos pecados, que 
Ilamaremos pecados de ciudadania. Reflexionemos un momento so- 
bre la vida actual en casi todas las Naciones. 
La huelga es, sin duda, uno de los males endémicos del mundo 
moderno, tras la industrialización y la acción disolvente del so¬ 
cialismo y comunismo. Se nos permitirá digamos luego y con toda 
franqueza que jamás entendimos esa entelequia que se Ilama de 
recho a la huelga, siempre absurda y danosa, y mucho más si es 
colectiva, por las consecuencias que suele traer consigo. A decir 
verdad, la huelga siempre nos ha parecido la confesión palmaria 
de la impotencia del Estado y exponente de una mentalidad sin 
rumbo y sin principios básicos. La huelga representa, sin disputa, 
el abandono de uno de los Deberes más sagrados por parte del Es¬ 
tado y por parte de los ciudadanos litigantes. Se olvida que la 
lucha, la guerra, sólo es licita cuando se han agotado todos los 
medios pacificos y no hay un tribunal superior a quien acudir. Por 
eso no es licita la lucha entre particulares, como no lo seria entre 
las mismas Naciones si hubiese un tribunal internacional, una ver- 
dadera Sociedad de Naciones, con capacidad moral, juridica y mi¬ 
litar para imponer el triunfo de la justicia y del Derecho. Sólo 
en el momento de la agresión injusta puede el hombre inocente 
repelerla, hasta donde sea necesario, en defensa de su vida, de su 
honor y de su hacienda; pero pasado ese peligro, que no admite 
dilaciones, no le seria licito tomar la justicia por su mano, al me 
nos de un modo violento. Uno de los fines primordiales de la 
sociedad y de la potestad civil es la paz y la defensa del inocente 
con la administración de la justicia. El Estado jamás puede per¬ 
mitir, sin abandonar sus Deberes, que los ciudadanos resuelvan 
sus diferencias y pleitos a mano armada y a punos en las calles y 
Max-Planck-Institut fü 
Real Academia de Ciencias Morales y Politicas 
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