se han apartado igualmente del extremo opuesto. La i
posición de trabas à las segundas nupcias en la formn e
que lo hizo la edad antigua, aparte de importar una intre
misión del legislador en los dominios de la moral, prései
taba el grave inconveniente de que adelantändose de
masiado en este camino pudiera llegarse hasta atenta
contra una de las más preciosas manifestaciones del
libertad humana y à condenar à los viudos jôvenes à
dura alternativa de escojer entre la deshonestidad y un
viudez perpétua, que quizás no cuadraba ni à su naturalez
fisiça ni à sus conveniencias prácticas. Nadie niega qu
de acuerdo con los principios de una moral sublime, da u
hermoso ejemplo de virtud la viuda que guarda hasta
muerte el juramento de fidelidad que en un moment
solemne de la vida hiciera á su esposo ante el altar c
Dios. Pero en la realidad de las cosas, hay que tener e
cuenta las muchas debilidades humanas, y, mâs aun, li
necesidades apremiantes de la existencia. No à todos
dado soportar lastristezas de la vida sin una ayuda conti
las dificultades, sin un apoyo contra los peligros. E
la edad juvenil, además, cuando la sangre bulle de
tro las venas y cuando el impetu de las pasiones Il
ga à su grado máximo, el corazón y los sentidos ti
nen legitimas aspiraciones que el recuerdo por si so
no alcanza siempre à satisfacer. De ahi que sean ta
raras las imitadoras de la poètica Maria Estuardo, cuj
divisa era una raiz de regaliz con estas palabras: «
más dulce que tengo está escondido debajo de la tierra