DEL EXCMO. SR. D. LUIS KEDONET Y LÖPEZ DÖRIGA
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que entre otras consecuencias traia aparejado y taxativamente -
dispuesto el aislamiento en el trabajo (Solus sit ad opus
sibi injunctum). Se metiese ó no en prisión al culpable, nada
dice de ello el santo, bastaba seguramente para castigo.
aparte otros imponentes detalles del orden afectivo, el recuerdo -
de la tremenda sentencia del Apóstol: traditum hujusmodi -
hominem satanae in interitum carnis, ut spiritus salvus -
sit in die Domini, y la privación de la consoladora compania -
de los hermanos hasta en las horas del trabajo manual
(cap. XXV: De gravioris culpis). Cuando trabajando en la cocina, -
en la despensa, en el taller, en la panaderia, en el huerto -
o en cualesquiera otro sitio y oficio, se cometia por descuido -
ô inadvertencia alguna falta por el estilo de romper é
perder alguna cosa, el culpable se acusaria y humillaria lo
mas pronto posible ante el abad ó ante la comunidad en el
capitulo de culpas, siendo castigado con más severidad.
cuando no lo hacia personalmente, y se conocia la falta por
denuncia y proclamación de otro hermano (90).
Ya me referi en otro lugar á la humildad, que es una de
las alas seráficas del trabajo benedictino. Importa ahora recoger -
con Haefteno, las otras cinco, que sumadas á la dicha,
encierran el espiritu con que debian laborar los monjes para
que sus obras no se pareciesen á las de los seglares, sino
que siendo verdaderamente religiosas, contuviesen no menguada -
perfección y sirvieran de ganancia espiritual. En primer -
término, debia entender el trabajador, que Dios no le
quita ojo y que en todo lugar y momento ve lo que hace (capitulo -
VII), por lo que importaba entregarse de lleno al trabajo -
y terminarle sin demora, actuando con todo cuidadoy
destreza. En segundo término, se debia desconfiar de las propias -
fuerzas, teniéndose el monje por operario malo é indig
no. En tercer lugar, y como consecuencia de la propia desconfianza, -
se imponia la confianza en Dios y la solicitación
del auxilio divino (Prólogo de la regla). A la humildad, ala
cuarta, debia anadirse, como quinta, la obediencia (cap. XLIX
de la que también dije algo, propulsora de que se tomase
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